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Ayaan Hirsi Ali, una musulmana en fuga

una musulmana en fugaEL NACIONAL – DOMINGO 07 DE SEPTIEMBRE DE 2014

EL MERCURIO CHILE
CARLA MANDIOLA G.

Ese día, Theo van Gogh tenía que andar con guardaespaldas. Habían pasado dos meses desde el estreno de su cortometraje Submission, sobre la violencia contra las musulmanas, y había recibido amenazas de muerte.

El 2 de noviembre de 2004, Theo se fue temprano en su bicicleta a su oficina en Ámsterdam. Detrás de él, Mohammed Bouyeri, un extremista islámico. En una ciclovía, le disparó.

Van Gogh cayó de la bicicleta, aún vivo. Bouyeri le disparó cuatro veces más, le cortó la garganta y le enterró con un cuchillo una carta en el pecho.

Las cinco páginas escritas en holandés estaban dirigidas a la guionista de Submission . Van Gogh la conoció en 2003 y después de un año la llamó hasta convencerla de hacer un cortometraje juntos.

La diputada somalí se declara feminista, atea y crítica del islam. Según escribió Bouyeri en la carta, ella sería la siguiente: «Liberaste un bumerán y sabes que es cuestión de tiempo antes de que este bumerán selle tu destino».

Un rito.

Ayaan Hirsi Ali nació en Mogadiscio, capital de Somalia, en 1969. Su padre Hirsi Magan Isse había sido una de las figuras de la revolución somalí y por su oposición al dictador Mohamed Siad Barre estaba en la cárcel.

Una de las tradiciones más radicales en Somalia era la mutilación genital de las mujeres, para que las niñas «consiguieran la pureza».

Su padre se oponía a esa práctica, pero seguía en la cárcel cuando su abuela decidió que era el momento de Ayaan.

«Cuando crecí me enseñaron que es más importante permanecer virgen que estar viva, mejor morir que ser violada.

Mi abuela pensaba que no iba a encontrar marido si no estaba purificada», contó.

Una mentira.

El esposo de Ayaan sería un hombre que ella nunca había visto, un primo lejano en Canadá. Su padre había arreglado el matrimonio.

Ayaan tenía 23 años de edad.

En 1992, Ayaan tenía que casarse. Viajaría a Alemania y desde allí tomaría un vuelo a Canadá. Fue en ese momento cuando cuestionó a su padre y al islamismo por obligarla a hacer algo que no quería.

Hirsi Ali cambió su pasaje a Ámsterdam. Pero decir que estaba escapando de un matrimonio forzado no era razón suficiente para conseguir asilo en Holanda. «Tenía que decir que estaba siendo perseguida en Somalía por mis pensamientos políticos o mi clan. No era verdad, pero eso fue lo que dije».

Consiguió el «A Status» que le permitía estar y viajar por toda Holanda. Comenzó a vivir en un centro para refugiados.

Le dieron una tarjeta de identificación y la opción de pedir un crédito bancario. Por primera vez Ayaan manejaría su dinero.

Desde 2001 a 2006 su familia perdió contacto con ella. «Se alejaron de mí porque abandoné el islam y estaban avergonzados. Me decían que estaban decepcionados».

Ingresó a la universidad para estudiar Ciencias Políticas.

Alquiló un apartamento con su mejor amiga, comenzó una relación con Marco, un holandés, y su vida se volvió cada vez más occidental.

«No me convertí en atea de la noche a la mañana. Cuando ocurrió el atentado contra las Torres Gemelas todos trataban de analizar qué pasó y qué motivó a estos hombres a cometer esas atrocidades. Para mí fue claro. Mientras más trataba de explicar las convicciones de los secuestradores, más me preguntaba: «¿Creo en lo que ellos creen?». Mientras me hacía estas preguntas llegué a una importante respuesta: no hay vida después de la muerte. Si tú no crees en la vida después de la muerte, si crees que esto es todo no puedes ser un musulmán, por definición».

Hirsi Ali dejó el islam y luego de criticar públicamente la religión recibió sus primeras amenazas de muerte. Se fue a vivir a Estados Unidos y a su regreso el VVD, Partido Popular por la Libertad y la Democracia, el ala más liberal de la derecha holandesa, invitó a Ayaan a unirse en 2002. Antes de comenzar la campaña electoral le preguntaron si ocultaba algo. Les dijo que cuando llegó a Holanda cambió su nombre, su fecha de nacimiento y mintió para poder quedarse en el país. Hablaron con abogados y dejaron el asunto allí. En 2003, Ayaan salió electa diputada.

Hirsi Ali empezó a acercarse a su compañera de partido Rita Verdonk. Era la ministra de Inmigración e Integración. La relación política fue estable hasta que Rita quiso postularse para ser presidenta de su partido y le pidió a Ayaan que la apoyara públicamente. Hirsi Ali le respondió que no lo haría.

«Mi vida en Holanda terminó en mayo de 2006. Aunque era miembro del Parlamento, la ministra Verdonk me quitó la ciudadanía». La presión política y mediática hicieron que Verdonk tuviera que rectificar.

Mientras perdía y volvía a recuperar la ciudadanía, los vecinos de Ayaan denunciaron que sus vidas estaban en peligro por tenerla como vecina y llevaron el tema a la corte. Sin asilo y sin apartamento Ayaan quiso volver a escapar.

Le pidió ayuda a un amigo diplomático en Estados Unidos para encontrar trabajo, y él le habló sobre el American Enterprise Institute, un think tank de tendencia conservadora.

En 2008 creó la Fundación AHA (siglas de Ayaan Hirsi Ali), que ayuda a mujeres amenazadas por su cultura o religión. Ese mismo año, su padre estaba hospitalizado en Londres por leucemia. Ella fue a verlo. «Él ya no podía hablar, pero cuando puse mi mano sobre la suya, la apretó. Eso cambió mi vida porque quedaban atrás los años en que lo hice enojar. Apretando mi mano, creo que me perdonó».

Un nombre.

En mayo de 2010, Ayaan Hirsi Ali fue a la gala de la revista Time en Nueva York.

Había sido escogida en 2005 como una de las personas más influyentes del año. Allí estaba Niall Ferguson, profesor de Oxford y Harvard, y. uno de los intelectuales más reconocidos en el mundo neoliberal.

Él llevaba 16 años casado y tenía tres hijos. Ferguson se divorció y se casó con Ayaan en 2011. Ese mismo año tuvieron a su primer hijo, Thomas. Hirsi Ali se asentó en Nueva York.

«Estoy felizmente casada y tengo un niño al que adoro, pero no puedo decir más, por el tema de la seguridad», se excusa.

Desde hace 10 años convive con sus guardaespaldas y con la amenaza de grupos terroristas musulmanes.

La activista ha escrito cinco libros. Dicta charlas sobre la emancipación de las musulmanas y en la mayoría de ellas se enfrenta con los islámicos más radicales.

En abril de este año, la Universidad Brandeis, en Estados Unidos, iba a entregarle un título honorario por ser una activista de los derechos de las mujeres, pero la firma de más de 6.800 alumnos, profesores y grupos externos hicieron que cancelaran la ceremonia.

Las críticas apuntaban a que la universidad no podía honrar a una persona con opiniones de odio tan abiertas. La tildaron de «islamofóbica».

En su libro Nómade, de 2011, reflexiona: «Mis acciones han sido egoístas, pero no malintencionadas. Han sido egoístas porque escogí mejorar mi vida, alcanzar la felicidad a mi manera».

 

prensa

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